Me dueles

                Me dueles

Me dueles.

Un ocaso. Un cielo azul.

Suspiro. El mar me llama.

Mi cabeza va a reventar.

Pienso a veces que las olas intentan

devolverme todas las lágrimas que

no he podido o no he querido llorarte.

¿Tu vuelo es azul? No lo sé.

¿Tu arena es azul? No lo sé.

Yo sólo sé que me dueles.

Me dueles.

Un alba. Un sueño en blanco.

Abro los ojos. La nieve.

Juegan conmigo las náuseas.

Creo en ocasiones que en el silencio

se han ahogado todos esos versos que

no he podido o no he querido gritarte.

¿Tu huella es blanca? No lo sé.

¿Tu aroma es blanco? No lo sé.

Yo sólo sé que me dueles.

Me dueles…

La última apuesta

 La última apuesta

 

Bienvenido.

Así rezaba en letras de un amarillo ocre el descuidado felpudo sobre el que un hombre anónimo esperaba el momento en que aquella maldita vieja puerta se abriera de una vez. No estaba de humor. Tampoco es que se sintiera extraño, porque no sabía cuál era su estado de humor habitual. No lo sabía porque no lo recordaba. Y no es que se le hubiera olvidado su humor solamente. Ojalá. Había olvidado todo. Todo. Instintivamente, al recordar ese olvido que le hacía enfermar, al recordar ese olvido que irónicamente era de lo poco que podía recordar, pasó lentamente sus dedos sobre su rostro. Un rostro condenado, condenado a ser anónimo para quien lo mira con espanto al otro lado del espejo, condenado a ser un extraño para quien lo va a lavar y afeitar cada mañana.

“¿Quién llama?” La raspada voz femenina que surgió como de la nada, tras la vieja puerta, le hizo volver de su ensimismamiento. No estaba de humor. Había olvidado todo. Todo. Mientras seguía con pasos arrastrados e indiferencia a una desagradable y recelosa hostelera, y arrojaba una maleta que suponía era suya, sólo suponía, sobre una cama un tanto destartalada, decidió darse un nombre. ¿Auguste? ¿Henri? No. ¿Nicolas? ¿Louis? Tampoco. De momento, monsieur Nuit, pensó. Pero sólo de momento.

“Son cien francos al día sin retrasos, joven”. Y volvió a sus únicos recuerdos, y los abrazó con obsesión. Y se vio a sí mismo con un gesto de despedida, desconcertado, ayer, sin recuerdos, vacío, eternamente vacío, en el andén de una estación llamada Orsay, tal y como le dijo un mozo que cargaba sacas de correo por allí. “Nada de visitas”. Y recordó un largo tren desaparecer en el horizonte, dejando únicamente una estela de humo en el nublado cielo, y vacío, su mirada perdida, y más vacío. Monsieur Nuit dejó el sombrero y el bastón sobre una mesa coja y excesivamente pequeña. “El desayuno se sirve a las ocho. Adiós”.

Con la frente, ardiendo de fiebre quizás, apoyada sobre la única ventana de esa triste habitación, miró inconsciente hacia abajo. Abajo la vida continuaba. Pero ya no se sentía parte de ella. Y contemplando los ruidosos carros de caballos, y el ir y venir de gente apresurada y solitaria, de repente  sintió vértigo. Vértigo. Mucho vértigo. Y pensó entre mareos que se encontraba ante un brutal acantilado, al filo del cruel abismo del vacío. Caos. Un hombre con un nombre recién estrenado. Nubes que se confundían al otro lado de la ventana. Tempestad angustiosa. Caos. Abajo. Sin vida.

Sin vida. Abajo. Caos. Tempestad angustiosa. Una silueta oscura con una mirada dorada y profunda, sin vida, que le perforaba la mente. La calle ya no era caos, ya no era una calle del viejo París, era un empedrado gris, un par de farolas, y una silueta oscura que la llenaba, y que parecía conocerle muy bien.

Como un animal agonizante, con sólo un recuerdo que proteger, uno sólo, aquella funesta silueta, abandonó aquel portal maloliente, precipitándose por una escalera angosta hacia el abismo de la vacía calle. Porque conocía aquella mirada dorada y profunda, podía jurar que la conocía, la conocía… Y mientras dejaba atrás aquel descuidado felpudo con su burlón Bienvenido, vio a la silueta desaparecer tras una esquina como flotando, sin un caminar ¿humano?. Flotaba, sí, flotaba. Pero tras de sí abandonaba algo, sus huellas, huellas de pasos de sangre. Huellas ensangrentadas. Monsieur Nuit pensó que no había que temer, pues sólo era un hombre con un nombre recién estrenado, y sin recuerdos, y pensó que realmente era un animal agonizante, y rastreó esas huellas rojas, y las siguió con ansia… Y…

… Y le guiaron hasta uno de los pocos lugares que reconocía… La siempre abarrotada estación de Orsay, ahora desesperantemente solitaria, se presentaba de nuevo ante él con unos andenes sólo iluminados por una cuantas velas perfumadas de incienso. Vértigo. Mucho vértigo. Las tétricas huellas desaparecían ante una taquilla destartalada, y una ventana cerrada a cal y canto.

¡Blam! La persiana de la ventana se disparó hacia arriba, a la vez que un fogonazo de luz deslumbró al hombre del olvido, al hombre con un nombre recién estrenado, un fogonazo de luz que escupían los ojos dorados y profundos… de un sonriente esqueleto.

Monsieur Nuit tambaleándose. El sonriente esqueleto señalando un estropeado y torcido panel cubierto de polvo que indica los destinos. Respiración ahogada, lenta, pesada. El incienso de las velas. Un destino. Uno sólo. Sin regreso. Que se desangra. Vértigo. Mucho vértigo. Un destino. Monsieur Nuit forzando la vista. I, inf, infie… Infierno.

Arrojado contra el sucio suelo, se apretó las sienes con ambas manos, porque sabía que iban a reventar, podía jurar que iban a reventar, porque ya sabía, porque ya recordaba. Recordaba a quién despedía el día anterior en aquel mismo lugar. Su alma. Su alma se fue con aquel tren, se fue entre aquella estela de humo. Su puta alma. La única que tenía. La que apostó con el diablo. La que perdió con un diablo que, después de muchos años, por fin se encarnó en mujer…

La maleta

La maleta

 

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes.

El viejo motor del chevrolet negro produce un extraño ruido silbante cuando Mercurio pisa con determinación el acelerador. Km. 1. Mercurio deja escapar una media sonrisa bastante familiar, mientras observa de reojo en el retrovisor la carretera que se queda atrás. Como todo. Todo se queda atrás. O al menos se engaña muy bien a sí mismo. Km. 33. La ventanilla abierta. La radio que escupe un programa con interferencias, al que no presta atención. Y piensa. Y sube el volumen de la radio con interferencias.

Y recuerda. Y baja aún más la ventanilla, para que el sonido del viento que se va, se lleve consigo sus recuerdos. Km. 100. Pero piensa. Mercurio acelera, intenta perderse en el ruido ensordecedor. Y deja la música, el viento y el rugido del chevrolet atrás. Atrás. Pero piensa. Y vuelve a recordar, cuando algo le dice que no está solo. En el asiento del copiloto se han acomodado sus recuerdos, que le contemplan divertidos, moviendo con agilidad un cigarro entre sus manos.

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes.

El destartalado armario chilla impertinente desde los goznes de su puerta. Mercurio se dice a sí mismo que la habitación que acaba de alquilar en la calle… ¿cómo se llama la maldita calle? ¡ah, sí!..en la calle Luces y sombras, necesita una reforma. Calle Luces y sombras. No debe ser una calle demasiado conocida. Mejor. En lo desconocido se encuentra siempre a gusto. Las páginas amarillentas del libro que fuma pasan lentamente con un ritmo pausado delante de sus cansados ojos. Y piensa. Y recuerda. Y ya le resulta indiferente si Werther se arrodilla o no frente a Carlota. Plantado frente al espejo, se observa. El mar encrespado que escapa de su demacrado rostro le envuelve. Entonces agarra con fuerza el timón. El perdido timón que gobierna su velero. Un velero cuya tripulación consta sólo de un capitán, y un callado marinero. El capitán, sus recuerdos. El callado marinero, el alma de Mercurio.

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes. Sin deshacer.

Encima de la vacía cama alquilada en la calle Luces y sombras. Otra calle. Otra calle cuyo nombre no le importa lo más mínimo, y hacia la que dirige sus indiferentes pasos. Parado junto a una tienda de instrumentos de música antiguos, su zippo enciende su cigarro, y sus pensamientos. Y recuerda. Tras el sucio escaparate, le contemplan un oxidado trombón y un desafinado piano, que le hacen mirar atrás. Atrás. Qué difícil es no mirar atrás cuando las cadenas del pasado pesan tanto que hacen sombra al presente, y arañan la arena en el lugar que será fosa del futuro…

Otro hielo, por favor. La rubia camarera enfría con otro hielo el cuarto ron de la noche, pero le regala la séptima sonrisa eterna. Y de propina, el séptimo brillo en unos ojos negros muy especiales, que son en su opinión todavía más especiales por unas pestañas que le recuerdan a alguien. A alguien del asiento de atrás de su chevrolet negro. Atrás. Delante. El rostro de la camarera rubia. Al otro lado de la barra. Cerca. Sus mojados labios. Muy cerca. Cálidos.

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes. En otra cama.

En otra habitación. Mercurio tumbado sobre unas sábanas frías. Mirando al techo. Con un fuerte sabor a ron en la boca. Ya no piensa. Ya no recuerda. Qué fácil es no mirar atrás cuando sientes la febril boca de la rubia camarera abrasándote la mejilla. Unas sábanas que ya no están frías. Unas miradas que se cruzan, y que se ríen porque ya no están solas. Mercurio calla. Porque no sabe su nombre. Y no le importa nada. Porque ya no piensa. Y porque sus recuerdos le están esperando aburridos al otro lado de la puerta, de mal humor y hablando solos, como los locos.

Otra mañana sin ganas de levantarse. Qué difícil es levantarse cuando uno comienza a pensar. Cuando comienza un nuevo día echado a perder desde el amanecer. Cuando sin ruido y con cuidado se retira un suave brazo femenino del pecho y, sin lavarse, se abre la puerta de una habitación gris que no es la tuya, de una calle gris que no es la tuya, de una ciudad gris que tampoco es la tuya… Cuando tardas en acostumbrarte al maldito sol cuando sales de un portal que no reconoces, y se burlan de ti tus recuerdos, recostados sobre el capó de tu chevrolet negro.

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes. En el maletero.

El viejo motor del chevrolet negro produce un extraño ruido silbante cuando Mercurio pisa con determinación el acelerador. Km. 1. Mercurio deja escapar una media sonrisa bastante familiar, mientras observa de reojo en el retrovisor la carretera que se queda atrás. Como todo. Todo se queda atrás. O al menos se engaña muy bien a sí mismo. Km. 33…

La maleta. Tres camisas. Dos pantalones. Un peine. Un cepillo de dientes. Una resaca. Un perfume de mujer en las manos.

Hoy me has bañado con tu sonrisa

             Hoy me has bañado con tu sonrisa

Ayer…

Ayer mi violín callaba,

callaba sombrío en el rincón más triste

de una buhardilla de luto,

de luto por sus cuerdas apagadas.

Ayer mi violín lloraba,

lloraba mientras repartía azucenas

en el camposanto de sus melodías,

melodías muertas antes de nacer.

Hoy mi violín no calla…,

ni tampoco llora.

Hoy grita con fuerza,

con tanta fuerza que sus notas

arañan riendo a las nubes,

unas nubes que se dejan perfumar por ellas…

Hoy te he visto…,

…y me has bañado con tu sonrisa.

Ayer…

Ayer mi pincel rezaba,

rezaba susurrando para no morir

de hambre y de sed,

de sed de cualquier color.

Ayer mi pincel vagaba,

vagaba seco y a la deriva

sobre el angustioso y vacío color blanco,

el blanco que manchaba mis lienzos.

Hoy mi pincel no reza…,

ni tampoco vaga a la deriva.

Hoy corre veloz,

y eufórico se empapa

de mágicos y brillantes colores,

colores que son tormentas de alegres sueños…

Hoy te he visto…,

…y me has bañado con tu sonrisa.

Ayer…

Ayer mi pluma se ahogaba,

se ahogaba en un inmenso mar

de letras y palabras nunca escritas,

nunca escritas y para siempre borradas.

Ayer…

Ayer mi pluma se lamentaba,

se lamentaba sobre el hombro de páginas

desesperadamente en blanco y anónimas,

anónimas porque no tenían nada que contar.

Hoy mi pluma no se ahoga…,

ni tampoco se lamenta.

Hoy llueve tinta sin cesar,

y escupe el fuego de historias

que ilusionan con finales felices,

felices sin oscuras muertes sangrientas…

Hoy te he visto…,

…y me has bañado con tu sonrisa.

En la luna

En la luna

En la luna. Anna. Con vestido de noche negro, y largos guantes de satén que le llegan casi hasta los hombros. Eternamente elegante. En la luna. Sentada tranquilamente sobre su mágica e inmaculadamente blanca superficie, fumando un cigarrillo rubio con una soberbia boquilla. Pensativa entre miradas perdidas y eternamente enamoradas. Eternamente elegante. Anna. En la luna. Distraída, acariciando por enésima vez sus negros cabellos, o dibujando con su fino dedo estrellas sobre el polvo lunar. A ratos muerde nerviosa su labio inferior, un labio de un rojo endiabladamente bien perfilado. Extraordinaria. Eternamente elegante. En la luna. Cuando los recuerdos alegres abordan su mente calmada, deja escapar una de esas sonrisas que cualquier hombre que se precie recuerda por mucho tiempo que pase. Sonrisas trovadoras que bordan su huella sobre las constelaciones de estrellas. Geniales. Eternamente elegante. Anna. En la luna…

En un gran campo de amapolas. Rojas, muy rojas. La Primavera. Con la mirada llena de esperanza y fija en el astro lunar. Suspirando por ella. Por Anna. La Primavera. Tiene sobre la cabeza una corona de flores, y una enredadera verde, muy verde le cubre el cuerpo con delicadeza y estilo. Collar de margaritas frescas y pendientes de rosa blanca recién cortada. La Primavera. Enamorada. Como siempre. Cae por su mejilla una lágrima del primer rocío de la mañana, una mañana que religiosamente le rinde culto. Perfume de magnolias mecidas por los rayos del sol, y tomillo joven. La Primavera. Enamorada. Como siempre. Sentada en un gran campo de amapolas.

Creo que esta primavera se ha enamorado tanto de Anna que, por verla más allá de los tres meses que se extiende su reinado al año, moriría antes que dejar su lugar al Verano…

En una larga playa. De arena blanca y muy fina. El verano. Con la piel tostada, y cegado por un sol de justicia, a pesar de sus gafas de sol. Suspirando por ella. Por Anna. Celoso de la Primavera, anhelando el momento de ocupar de una maldita vez su lugar. A la sombra de una frondosa palmera, le visten perfumadas algas sedosas. El verano. Cansado. Como siempre. Cinturón de conchas brillantes y anillo de coral húmedo. Adormecido por el mágico susurro del inmenso mar. El verano. Cansado. Como siempre. Tumbado en una larga playa.

Creo que el próximo verano va a ser eterno, porque la Primavera, el Otoño y el Invierno lucharán sin cuartel por rozar, aunque sólo sea rozar, los labios de Anna…

En un desolado parque gris. Sin caminos, sin vida. El Otoño. Cubierto el cuerpo de tristes hojas muertas, y la mente de una melancolía brutal. Suspirando por ella. Por Anna. Perdida la esperanza de volver a contemplarla, pasea sin rumbo silbando melodías pasadas de moda. Corbata de corteza de árbol seco, y  bastón de rama de sauce, uno de tantos sauces que lloran a su vera. El Otoño. Bohemio. Como siempre. Ofrece migajas de pan duro a una ardilla de pelo gris tan solitaria como él. La lluvia le empapa el rostro, y ahoga sus reflexiones, siempre negras. El Otoño. Bohemio. Como siempre. Absorto en la lectura de un libro de poesías de páginas desgastadas. Miradas opacas. El Otoño. Bohemio. Como siempre. Escondido en un desolado parque gris.

Creo que este año no va a haber Otoño, porque piensa que no soportaría volver a ver sus ojos, los de Anna, porque piensa que derretirían su congelado corazón…

En una lejana montaña cargada de abetos. Nevada, muy nevada. El Invierno. Con los labios ateridos, fuma con el frío, sentados ambos sobre un trineo de una resistente madera. Suspirando por ella. Por Anna. Sobre sus doloridas rodillas descansa una vieja hacha de hoja mordida por el tiempo. El Invierno. Frívolo. Como siempre. Desde el cielo bajan desvergonzados los copos de nieve para adorarle como se merece. Escarcha plateada que se entromete en su barba, y hojas de acebo que forman con orden riguroso su bufanda. El Invierno. Frívolo. Como siempre. Su fiel reno espera paciente para seguir su camino. La nieve que tumba las ramas de los abetos susurra villancicos. El Invierno. Frívolo. Como siempre. Perdido en una lejana montaña cargada de abetos.

Creo que el Invierno no va a celebrar más navidades, porque sabe que Anna no va a sentarse nunca más a su mesa, y nunca más calentará a su melancolía…

En la luna. Anna. Con vestido de noche negro, y largos guantes de satén que le llegan casi hasta los hombros. Eternamente elegante. En la luna. Ajena a la Primavera. Y al Verano. Y al Otoño. Y al Invierno. Feliz con su luna. La luna que le regalé, y que rechazó. Anna. Extraordinaria. Eternamente elegante. Rechazó la luna, porque ya era suya, porque ya la adoraba, y la tenía por su reina. A ella. A Anna…

 

Elegía gatuna

      Elegía gatuna

 

Al caballeroso y galante gato

de mi barrio, le fallaron las cuentas.

A su siempre desdeñada amante fiel,

la blanca luna,

regaló ayer su séptima vida,

pues olvidó, ¡ay, olvidó!

que las otras seis le fueron cobradas

en su otrora última cita con ELLA…

Descanse en paz.

 

La luna mirándole fijamente. Con esquizofrénica parsimonia se mesa los bigotes el oscuro gato. Hubo otro tiempo en que se extendía su orgulloso territorio a lo largo de toda una telaraña de tejados. La luna mirándole fijamente. Incansable sombra rondadora de las felinas más dulces de mi barrio, pesadilla de los deshollinadores que osaban aproximarse a alguna de sus marcadas chimeneas, chimeneas que con esmero acariciaba con su erguido lomo oscuro. Oscuro su lomo, oscuros sus ojos, oscuro su reino, oscura su vida. La luna mirándole fijamente. Sí, hubo otro tiempo en que no quedó ningún balcón virgen de su salterio impertinente, faltando el respeto a la noble corte de estrellas. En que se le asoció con Luzbel, al ser visto en varios alféizares a la vez. La luna mirándole fijamente. En el recuerdo tengo sus lánguidos y diabólicos maullidos que escuchaba con atención desde mi buhardilla. Y eso sí, nunca, nunca vi cascabel alguno colgado de su siempre soberbio cuello. La luna mirándole fijamente. En efecto, hubo otro tiempo, otro tiempo hasta ayer noche, noche fatídica, noche de ratas muertas y  buhardillas cerradas, noche de desengaño traicionero y de un adiós de condena.

La luna rogándole dulcemente. De repente, se abren con violencia los párpados del oscuro gato, al intuir algo fantástico: sobre la blanca pared de la luna, esculpida está la graciosa silueta de ELLA. Pelo erizado, músculos en tensión. Aliento entrecortado, ojos en blanco. Un interminable salto al vacío. Un salto hacia la silueta lunática. Un salto hacia la eternidad.

La luna llorándole amargamente.

 

Al caballeroso y galante gato

de mi barrio, le fallaron las cuentas.

A su siempre desdeñada amante fiel,

la blanca luna,

regaló ayer su séptima vida,

pues olvidó, ¡ay, olvidó!

que las otras seis le fueron cobradas

en su otrora última cita con ELLA…

Descanse en paz.

El pianista

                                                            El pianista

 

Do, re, la, mi.

Do, re, la, mi.

El piano susurraba melodías azules y negras, bañadas con un largo vaso de whiskey dulce y solo. Solo como Hamlet, cuyos inquietos y egoístas dedos cabalgaban nocturnos una y otra vez. Do, re, la, mi. Cada una de las notas, alargadas agónicamente hasta el extremo, dejaba entrelazar sus brazos con los remolinos que formaba el denso humo de su cigarro. Un cigarro que oscilaba como un péndulo entre sus sarcásticos labios, y era espectador de excepción de un sorprendente, pero no inesperado, epitafio. Do, re, la, mi.

Hamlet respiraba con dificultad, como siempre, e intentaba, como siempre, acompasar su respiración al ritmo de la música, fusionar los latidos de su quejumbroso corazón con los gemidos de su viejo amigo el piano. Do, re, la, mi.

¿Solo? Realmente no estaba solo. Allí estaba ella. Otra vez. Ella. Recostada. Otra vez. Sobre su viejo amigo el piano. Y su sonrisa. Esa sonrisa burlona que tantos quebraderos de cabeza le había dado, pero que tanto adoraba. De verdad que nunca había visto una sonrisa tan brillante y atractiva como esa. Esa sonrisa. Y esa mirada sólo pupila, pupila negra como el azabache, negra como la noche, porque sólo miraba de noche. Do, re, la ,mi. Esa mirada. Otra vez. La mirada de la señorita Soledad.

Subió el tono del nocturno, que se había estancado en un ritmo vacilante, y lo atacó con pasión febril, nublado por el hogareño alcohol, y el eterno humo de su eterno cigarro. Do, re, la, mi. La partitura lo contemplaba fascinada descansando sobre el atril. Siempre la misma. ¿Solo? Realmente no estaba solo. Siempre la misma partitura. Chopin. Un libreto abierto por la página treinta y tres. Abierto por la misma página desde hace ocho años. Hacía ocho años que ya no la necesitaba, y la abandonó. Allí mismo. Delante de él. Hamlet la miraba de reojo, y pensó que esa era su verdadera especialidad. El abandono. El abandono…

Do, re, la, mi. Una luz tenue que escupe una delgada e insulsa lámpara de pie. Un escenario vacío, oscuro, negro, sin vida, sin pasiones. Butacas desordenadas, mesas sin recoger, con vasos sucios y semi vacíos, y ceniceros llenos, con algunos cigarrillos aún humeantes. Un ambiente cargado, cargado todavía de lejanas risas femeninas, secretos susurrados al oído, y versos dieciochescos que se acuestan con las notas de un piano. El viejo amigo de Hamlet.

¡¡¡Ssshhhuuutt!!!

Un disparo. Seco. Brutal. Sólo uno. Un disparo. Do, re, la, mi. Mi, mi, mi, mi. La cabeza melancólica de un pianista cayó con estrépito, sin ritmo, sin ni siquiera un compás, sobre el desgastado teclado. Mi, mi, mi, mi. Una luz tenue, un escenario vacío, y una cuidada mano femenina acariciando con sensualidad el gatillo de un revólver que sonríe orgulloso, al haber descargado la furia de su pólvora. La pólvora que ya se mezclaba insultante con la sangre de un pianista. Mi, mi, mi, mi.

Mi, mi, mi, mi. El ambiente ya no está cargado, ha sido asesinado por un disparo. Seco. Brutal. Ya sólo se escucha un acorde, un acorde mantenido y estridente. Mi, mi, mi, mi. El histérico final del sorprendente pero no inesperado epitafio que el alma perdida de Hamlet firmó con sangre, la suya.

Se oye el estruendo de un revólver lanzado al pegajoso suelo con desesperada rabia, y los rápidos y orgullosos pasos de unos elegantes zapatos de tacón se confunden con el lúgubre y respetuoso eco de un acorde estridente. Mi, mi, mi, mi.  Los viejos y descoloridos cuadros impresionistas colgados en las oscuras paredes sólo recordarán perplejos dos fogonazos de aquella noche. Uno, el del disparo. Seco, Brutal. ¡¡¡Ssshhuuutt!!! Otro, el de unas pestañas larguísimas y rencorosas. Las pestañas de ella. Ella. La esperaba. La esperaba…, desde hacía muchas noches emborrachadas de sexo y locura.

Adiós a su encantadora respiración entrecortada, piensa la abandonada partitura, que vive en el número treinta y tres del libreto de Chopin, mientras llora amargamente su tinta, y se emborrona.

Adiós. Adiós al amante más fiel y adulador que jamás he tenido, piensa la refinada señorita Soledad, mientras deja suavemente el inerte cuerpo de un pianista sangrante sobre el pegajoso suelo. Y lo mira. Adiós. Y lo vuelve a mirar. Quiere recordarle. Aunque piensa que también a ella la ha abandonado al final. Adiós. Sin embargo, se levanta su estrecha falda, y guarda en su prieto muslo la deshilachada pajarita de Hamlet sujeta por una extraña liga roja. Adiós.

Y cuando el silencio se asoma con timidez desde el escenario, con ansia por abarcarlo todo, algo suena. Do, re, la, mi. Do, re, la, mi. Desconcertado, mira a su alrededor. Un cuerpo inerte. Butacas desordenadas. Cuadros impresionistas perplejos. Un revólver avergonzado. Do, re, la, mi. El silencio se asusta, y se esconde tras el telón. Desde allí, lo ve todo, y comprende. Observa absorto el piano, y comprende. Siente hasta la médula a aquellas teclas desgastadas tocando, y comprende…

Comprende que Hamlet no ha abandonado todo. Comprende que Hamlet ha muerto ya hace tiempo, antes incluso de que le dispararan. Porque el pianista ya era el piano. Y el piano era el pianista… Do, re, la, mi…

Do, re, la, mi…

El duelo

         El duelo

 

Niebla. El claro de un bosque.

El amanecer se asoma con timidez y respeto.

Una telaraña destila negro rocío.

Dos guantes desvergonzadamente blancos sobre la hierba.

Primer paso. Johann y Richard. Dos amigos. Antes.

Segundo paso. Enemigos enfrentados. Ahora.

Tercero. Ahora. Por amor.

Cuarto. El sudor congelado araña la piel.

Quinto paso. Dos vidas paralelas. Un destino maldito.

Sexto. Uno de los testigos tose secamente, haciendo pedazos el solemne silencio.

Séptimo paso. Johann. Un teniente de caballería que apenas puede mantenerse erguido.

Octavo. Richard. Un poeta de la rue de la Seine con la mente en blanco.

Noveno…paso.. Haciéndoles una reverencia, la niebla se aparta de su camino.

ci

mo.

Cara a cara. Dos amigos. Dos disparos.

Niebla. El claro de un bosque.

El amanecer se asoma con timidez y respeto.

Una telaraña destila negro rocío.

Dos guantes desvergonzadamente blancos sobre la hierba.

S

a

n

g

r

e

Mucha sangre. En el corazón de Johann.

Mucha sangre. En el corazón de Richard.

Ambos, de rodillas. Ambos, aún vivos.

El graznido de un cuervo se burla de las tablas.

La muerte perfuma deliciosamente el fuerte olor a pólvora.

Un testigo, y después el otro, cargan de nuevo las pistolas y… las colocan en dos manos amigas temblorosas.

Repentinamente, un relinchar de caballos invade el solemne silencio.

Repentinamente, un carruaje aleja la niebla.

Repentinamente, una mujer…

que desciende…

y mira…

y ríe…, y ríe…, y ríe…

De nuevo, dos disparos.

Dos miradas amigas que se vuelven a encontrar.

Dos miradas amigas que se regalan una sonrisa.

Repentinamente, una mujer…

que cae…

con dos disparos en el corazón…

y ya no ríe…

sólo sangra…

Johann y Richard se desploman.

Dos muertes más.

Dos enemigos enfrentados. Antes.

Dos amigos en la muerte. Ahora.

Amada amiga mía

Amada amiga mía:

 

Ayer no era un día soleado. Ayer estaba nublado… Créeme. No me acostumbro a tu ausencia.

Pero hoy el amanecer

me ha sonreído con tus ojos. Hoy el rey sol se ha postrado suplicante en los bulevares de la Castellana, y apartará

cualquier nube que le pueda privar de tu contemplación. Hoy siento celos de cada uno de sus rayos que se deleita acariciando

tu sedosa piel. Pero hoy también te he visto yo. Y te he contemplado. Y de nuevo la ilusión se presta a fumar conmigo un

cigarro, y de nuevo la vida me da la bienvenida frente a su portal. Mírame, y saltaré contigo al vacío de los sueños.

Mírame,

y desplegaré las doradas alas de la esperanza. Mírame, y te daré las gracias… Las gracias por ser tú…

 

Con un beso, y una sincera reverencia,

 

      Dandy Recaudador

Querida amiga mía

Querida amiga mía:

 

Sólo de pensar en tus ojos…

Sólo de pensar en tus ojos, ya no me da miedo abrir la ventana y recibir una nueva mañana,

ya tengo el valor suficiente para cerrar los míos durante la noche sin llorar,

ya camino por los bulevares conociendo el destino de mis pasos,

ya amanece alguna sonrisa en mi rostro cuando el sol ilumina Madrid…

 

Sólo de pensar en tus ojos…

Sólo de pensar en tus ojos, ya se ha agrietado la densa niebla que cubría mi habitación,

ya los sueños no me aterran cuando recuesto mi otrora agotada cabeza sobre la almohada,

ya no saludo a la luna con una compañera anónima a la que olvidaba al conocer su nombre,

ya no me echo un cigarro con mi melancolía los fríos domingos invernales…

 

Sólo de pensar en tus ojos…

Sólo de pensar en tus ojos, me despierta un cielo azul brillante,

y me despide un cielo azul estrellado, porque…

…porque tu mirada me ha devuelto el alma.

 

Sinceramente tuyo,

 

Dandy Recaudador