La última apuesta

 La última apuesta

 

Bienvenido.

Así rezaba en letras de un amarillo ocre el descuidado felpudo sobre el que un hombre anónimo esperaba el momento en que aquella maldita vieja puerta se abriera de una vez. No estaba de humor. Tampoco es que se sintiera extraño, porque no sabía cuál era su estado de humor habitual. No lo sabía porque no lo recordaba. Y no es que se le hubiera olvidado su humor solamente. Ojalá. Había olvidado todo. Todo. Instintivamente, al recordar ese olvido que le hacía enfermar, al recordar ese olvido que irónicamente era de lo poco que podía recordar, pasó lentamente sus dedos sobre su rostro. Un rostro condenado, condenado a ser anónimo para quien lo mira con espanto al otro lado del espejo, condenado a ser un extraño para quien lo va a lavar y afeitar cada mañana.

“¿Quién llama?” La raspada voz femenina que surgió como de la nada, tras la vieja puerta, le hizo volver de su ensimismamiento. No estaba de humor. Había olvidado todo. Todo. Mientras seguía con pasos arrastrados e indiferencia a una desagradable y recelosa hostelera, y arrojaba una maleta que suponía era suya, sólo suponía, sobre una cama un tanto destartalada, decidió darse un nombre. ¿Auguste? ¿Henri? No. ¿Nicolas? ¿Louis? Tampoco. De momento, monsieur Nuit, pensó. Pero sólo de momento.

“Son cien francos al día sin retrasos, joven”. Y volvió a sus únicos recuerdos, y los abrazó con obsesión. Y se vio a sí mismo con un gesto de despedida, desconcertado, ayer, sin recuerdos, vacío, eternamente vacío, en el andén de una estación llamada Orsay, tal y como le dijo un mozo que cargaba sacas de correo por allí. “Nada de visitas”. Y recordó un largo tren desaparecer en el horizonte, dejando únicamente una estela de humo en el nublado cielo, y vacío, su mirada perdida, y más vacío. Monsieur Nuit dejó el sombrero y el bastón sobre una mesa coja y excesivamente pequeña. “El desayuno se sirve a las ocho. Adiós”.

Con la frente, ardiendo de fiebre quizás, apoyada sobre la única ventana de esa triste habitación, miró inconsciente hacia abajo. Abajo la vida continuaba. Pero ya no se sentía parte de ella. Y contemplando los ruidosos carros de caballos, y el ir y venir de gente apresurada y solitaria, de repente  sintió vértigo. Vértigo. Mucho vértigo. Y pensó entre mareos que se encontraba ante un brutal acantilado, al filo del cruel abismo del vacío. Caos. Un hombre con un nombre recién estrenado. Nubes que se confundían al otro lado de la ventana. Tempestad angustiosa. Caos. Abajo. Sin vida.

Sin vida. Abajo. Caos. Tempestad angustiosa. Una silueta oscura con una mirada dorada y profunda, sin vida, que le perforaba la mente. La calle ya no era caos, ya no era una calle del viejo París, era un empedrado gris, un par de farolas, y una silueta oscura que la llenaba, y que parecía conocerle muy bien.

Como un animal agonizante, con sólo un recuerdo que proteger, uno sólo, aquella funesta silueta, abandonó aquel portal maloliente, precipitándose por una escalera angosta hacia el abismo de la vacía calle. Porque conocía aquella mirada dorada y profunda, podía jurar que la conocía, la conocía… Y mientras dejaba atrás aquel descuidado felpudo con su burlón Bienvenido, vio a la silueta desaparecer tras una esquina como flotando, sin un caminar ¿humano?. Flotaba, sí, flotaba. Pero tras de sí abandonaba algo, sus huellas, huellas de pasos de sangre. Huellas ensangrentadas. Monsieur Nuit pensó que no había que temer, pues sólo era un hombre con un nombre recién estrenado, y sin recuerdos, y pensó que realmente era un animal agonizante, y rastreó esas huellas rojas, y las siguió con ansia… Y…

… Y le guiaron hasta uno de los pocos lugares que reconocía… La siempre abarrotada estación de Orsay, ahora desesperantemente solitaria, se presentaba de nuevo ante él con unos andenes sólo iluminados por una cuantas velas perfumadas de incienso. Vértigo. Mucho vértigo. Las tétricas huellas desaparecían ante una taquilla destartalada, y una ventana cerrada a cal y canto.

¡Blam! La persiana de la ventana se disparó hacia arriba, a la vez que un fogonazo de luz deslumbró al hombre del olvido, al hombre con un nombre recién estrenado, un fogonazo de luz que escupían los ojos dorados y profundos… de un sonriente esqueleto.

Monsieur Nuit tambaleándose. El sonriente esqueleto señalando un estropeado y torcido panel cubierto de polvo que indica los destinos. Respiración ahogada, lenta, pesada. El incienso de las velas. Un destino. Uno sólo. Sin regreso. Que se desangra. Vértigo. Mucho vértigo. Un destino. Monsieur Nuit forzando la vista. I, inf, infie… Infierno.

Arrojado contra el sucio suelo, se apretó las sienes con ambas manos, porque sabía que iban a reventar, podía jurar que iban a reventar, porque ya sabía, porque ya recordaba. Recordaba a quién despedía el día anterior en aquel mismo lugar. Su alma. Su alma se fue con aquel tren, se fue entre aquella estela de humo. Su puta alma. La única que tenía. La que apostó con el diablo. La que perdió con un diablo que, después de muchos años, por fin se encarnó en mujer…

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