¿Un vals a medianoche?

¿Un vals a medianoche?

 

“¿Un vals a medianoche?”

La marquesa grita. Pero es demasiado tarde para gritar. Demasiado tarde para seguir viviendo. Y con la mala fortuna de mantener la consciencia antes de ser estrangulada. Mientras Venezia calla. Mientras Venezia duerme.

“¿Un vals a medianoche?”

La misma pregunta impresa en una nota que agarra con firmeza la mano del cadáver. El séptimo. Siete cadáveres en siete días. Los siete días que llevan celebrándose los Carnavales de la ciudad. El inspector Duval de nuevo está a cargo de la investigación, que se ha convertido en un procedimiento rutinario. A su llegada al cuartel, escribe con su pluma aburrido las mismas líneas que aparecen en los otros seis informes que ha presentado cada día a su comandante en la Guardia del Ducado:

“Encontrado cadáver de mujer aristocrática en una góndola. Presenta síntomas de estrangulamiento, junto con una marca pequeña y ensangrentada en la frente con forma de una moneda de plata en circulación. Un fuerte olor a perfume impregna todo su vestido. El gondolero informa que un caballero encapotado y con el rostro cubierto por un antifaz solicitó su servicio a la altura del Puente de los Suspiros, poco más allá de la medianoche. El caballero en cuestión llevaba en brazos a la víctima, y argumentó que estaba dormida. Una vez la depositó en su góndola, se precipitó escaleras arriba, y desapareció en la oscuridad del puente, haciendo caso omiso de sus gritos.”

Duval después de una semana tan ajetreada, intenta ordenar sus ideas en su despacho del Palacio de la Guardia. Bebe con parsimonia un sorbo del eterno burdeos que descansa sobre su mesa, y lía un cigarro con el fuerte tabaco que le recomendó un compañero. Está muy cansado. Y harto. Nada más descender de su carruaje, le comunicaron que el comandante le esperaba con impaciencia. No había resultados. Y siete damas de la aristocracia asesinadas en siete días era intolerable. Venezia lloraba esas muertes. El Carnaval también. Alguien o algo les estaba asesinando. Alguien o algo que bailaba un vals a medianoche.

Nadie lo comprendía. Las fiestas en los grandes palacios no podían gozar de más protección. Prácticamente había tantos soldados como asistentes. La entrada no podía ser más restringida. Y todos debían mostrar su rostro, despojándose de sus antifaces en las portales de los palacios. Nadie lo comprendía.

El colorido había ido dejando paso al luto. El rojo, el azul y el amarillo, al negro. Las rosas y las guirnaldas, a los crisantemos. La música se había desprendido de notas alegres, y tendía a las melancólicas sin querer, a pesar del empeño de los músicos en sobreponerse a la situación. Y los valses… El vals estaba terminantemente prohibido. Y a medianoche… A medianoche muchos invitados se habían retirado a sus aposentos, o a sus hogares.

Última noche de carnaval. La octava. Duval con sus ayudantes frente al Palacio del archiduque, vestidos de gala para la ocasión. Con antifaces, y dispuestos a mezclarse entre los asistentes. No podían fallar. Esta vez no. Su puesto estaba en juego. El inspector, antes de entrar, les arenga, y les da las últimas instrucciones.

Comienza el espectáculo. A pesar de las desgracias, Venezia se deja ver allí en todo su esplendor. El color y las sonrisas desafían a la  muerte. Por orden directa del archiduque, los músicos no cesarán de llenar de valses su palacio, aunque les pese. Poco a poco, los invitados empiezan a abarrotar los diversos salones, y la champagne rebosa en las copas, y en los ánimos. La ciudad de nuevo ha salido a flote. Si han vencido al mar, por qué no van a vencer a un simple asesino, es el comentario más escuchado en los distinguidos círculos.

El Gran Salón ofrece humildemente sus innumerables espejos y sus enormes lámparas de araña a San Marcos, y múltiples parejas lo inundan en vertiginosos remolinos al ritmo del temido vals. Duval y sus ayudantes forman parte del multitudinario remolino… Justo en el momento en que baila junto a la pareja de los archiduqueses, el inspector se detiene con el rostro rígido, se acerca con una reverencia, y les comunica que debe proteger personalmente a la archiduquesa. Su vida corre grave peligro, y el tiempo apremia. Hay que actuar deprisa, y con discreción.

Después de entregar al archiduque un sobre con una dirección secreta en la que ocultar a su mujer, el inspector sube con ésta a un carruaje con gente de confianza, y se alejan al galope del peligro. La dama respira nerviosamente, aunque confía en la sangre fría que refleja el rostro de Duval, ya sin antifaz.

Se detienen a la altura del Puente de los Suspiros. Están cerca. El inspector ordena a los suyos que rastreen la zona. No más fallos. La medianoche está al caer.

Mientras, en el Gran Palacio, se oye un grito desgarrado. El archiduque contemplando horrorizado la nota de Duval. No es una dirección lo que está escrito en ella. Es un nombre. De mujer. De una mujer con acento francés a la que amó. De una mujer a la que mandó matar, por el pequeño incidente de haber dado a luz. De una mujer cuyo apellido, que nunca le importó, era Duval. Y el sobre no sólo contiene una nota… También una moneda… de plata… Y una frase por desgracia demasiado popular… “¿Un vals a medianoche?” El archiduque cae de rodillas sobre el inmaculado suelo de mármol. Y recuerda esa moneda. Y recuerda que arrojó riendo una igual, junto al cadáver de aquella bellísima mujer apellidada Duval…

Venezia calla. Venezia duerme. Una silueta encapotada rema fuerte sobre una góndola, hacia un velero que espera para dirigirse a Nápoles. El perfume de su madre impregna un nuevo cadáver, el octavo, que yace en un pequeño muelle. El perfume de su madre arropa el sobre que la mano inerte del archiduque ha dejado caer sobre el inmaculado mármol de su Gran Palacio. Mientras Venezia calla. Mientras Venezia duerme… Mientras Venezia llora una gran venganza..

 

Un ramo de claveles

Un ramo de claveles

 

Un clavel.

Mis iris.

Egoístas. Arañados.

Un clavel.

En un clavel generoso y aterciopelado

los sembré,

y con pinceladas de brillantes colores

han brotado desde que tú…,

desde que tú los has regado

con el mágico calor de tu sonrisa.

Dos claveles.

Mis sueños.

Despiertos. Muy despiertos.

Dos claveles.

Con dos claveles de pesadillas muertas

los perfumé,

y en eternas noches de acogedora luna llena

me han embriagado desde que tú…,

desde que tú los has mecido

con el estrellado destello de tu aroma.

Tres claveles.

Mi piel.

Rencorosa. Desierta.

Tres claveles.

Con tres claveles inocentes y rebosantes de pétalos

la acaricié,

y bajo soleadas tempestades entregadas

ha nevado desde que tú…,

desde que tú la has adornado

con el arco-iris azul de tu mirada.

Un ramo de claveles.

Mi corazón.

Bohemio. Cansado.

Un ramo de claveles.

En un ramo de claveles de una primavera vital

le encerré,

y en un abrazo de verdes mares

ha navegado desde que tú…,

desde que tú me has besado…

 

Un claro de luna

UN CLARO DE LUNA

 

Lo recuerdo perfectamente.

Tú y yo.

Un claro de luna. Un momento azul.

Un poco más de ti que de mí.

Como siempre he deseado y deseo.

Y el brillo de tu mirada

nevándome lentamente,

nevando copos de pasión

sobre los escalofríos

que envuelven una piel, la mía,

tras rozar otra piel, la tuya…

Y la música de tu voz

lloviéndome suavemente,

lloviendo notas cercanas,

empapando los jardines

que brotan de una boca, la mía,

tras rozar otra boca, la tuya…

Lo recuerdo perfectamente.

Tú y yo.

Un claro de luna. Un momento azul.

Algo más de ti que de mí.

Como siempre he deseado y deseo.

Y la luz de tu sonrisa

arropándome con calor,

arropando los senderos

abiertos entre hojas secas,

y bajo unos pasos, los míos,

guiados por otros pasos, los tuyos…

Y el perfume de tus gestos

prendiéndome las tormentas

pintadas de nubes blancas

que suspira un arco-iris, el mío,

asomado a otro arco-iris, el tuyo…

Lo recuerdo perfectamente.

Tú y yo.

Un claro de luna. Un momento azul.

Todo de ti. Nada de mí.

Enamorado…de ti…

Como siempre he deseado y deseo…

Un as en la manga

Un as en la manga

 

¿Otro as?

El mismo pensamiento salta como un resorte en las cabezas ya despeinadas de sus compañeros de mesa. Le odian. Lo siente. Es un sentimiento tan fuerte que le abofetea, a pesar del humo asfixiante que ahoga la habitación, a pesar de la marea de alcohol que golpea con constantes oleadas su cabeza, a pesar del exceso de silencio que parecen desprender cada una de las cartas lanzadas en la última jugada.

¿Otro as?

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a su servicio. Casi veinte años llevando a rajatabla todas sus extrañas normas. Cada mañana le preparo, tal y como me señaló desde nuestro primer encuentro, unas hierbas que él mismo cultiva en su invernadero, y concierto con los círculos de juego más afamados de la ciudad la partida nocturna, que es todo un ritual. Por lo demás, máxima discreción, mucha y generosa paga, y las mínimas palabras a intercambiar. La limpieza y el orden de su mansión parecen no importarle mucho. Esto es algo que no me sorprende, porque no tiene ni amigos, ni familiares. Ni siquiera conocidos. Por lo menos, que yo conozca.

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a su servicio. Es ciego. Ciego… Y casi veinte años regresando en el coche de caballos cada noche, con otra victoria en el bolsillo. Sí, sobre todo en el bolsillo, porque sé que las apuestas son muy altas. Y nunca le he visto perder. Pienso en muchas ocasiones que debe ser el mejor jugador de póker que nunca haya visto el mundo. Lo pienso cuando limpio con sumo cuidado su baraja de cartas sin marcar. Una baraja que sus rivales revisan una y otra vez, sin ningún resultado. Una baraja especial, muy especial. Intacta y nueva como el primer día que la vi. Y con un palo de calaveras negras, en lugar del de corazones. Y con comodines que no presentan bufones, sino bestias inmundas. Yo pienso… No pienso nada. Ya saben, máxima discreción.

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a sus servicio. Debe ser mayor. Por lo menos tan mayor como yo… Y casi veinte años contemplando impresionado su rostro sin una sola arruga. El tiempo no pasa para él. La misma palidez del primer día. El  mismo plante estirado y orgulloso del primer día.

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Del todo a la nada. En casi veinte horas, he pasado de ser un fiel, discreto y bien pagado mayordomo, a estar sentado frente a él en una mesa circular. Con caballeros distinguidos a los lados. Y con su baraja. Esa maldita baraja impecable con el palo de calaveras negras. Sobre el tapete. Y entre mis manos de vez en cuando. Pero ahora ya no la limpio con sumo cuidado. Dios, no sé cómo he llegado a esto. Ahora, miro sus cartas entre mis manos frías, y las lanzo al centro de la mesa con ansiedad.

¿Otro as?

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Hace casi veinte horas, mientras preparaba su desayuno compuesto como siempre por esas malolientes hierbas, podía mirar de frente sus negras gafas de sol, sin sentir un estremecimiento por la espalda. Ahora, mientras las observo a través del espeso humo que nace de las gargantas nerviosas de sus rivales y de mí mismo, noto el sudor frío cubriendo mi cuerpo, y me maldigo.

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Tras veinte horas, su siempre rígido rostro se me presenta con una frialdad recién salida del infierno. Tengo miedo. Porque lo único en lo que no ha cambiado… Gana. Siempre gana. Todas las partidas. Como siempre ha hecho. Con un repóker de ases. Coronado por el familiar as de calaveras negras, y el comodín de la bestia inmunda.

Estoy muerto de miedo. Desde hace casi veinte minutos. Desde hace casi veinte minutos, soy el único que no ha abandonado la mesa. Aparte de él, claro. Claro, siempre gana. Todas las partidas. Como siempre lo ha hecho. El silencio es aún más irrespirable que el humo que llena el salón. Le odio. Lo siento. Dentro. Muy dentro. Nunca me acostumbraré.

Estoy muerto de miedo. Desde hace casi veinte minutos. Desde hace casi veinte minutos, he perdido mis últimos francos. Y mis últimas pertenencias. Y mi último puesto de trabajo. El de mayordomo. Del hombre que tengo al otro lado de la mesa. Justo frente a mí. Con sus oscuras gafas de sol, y su rígido y frío rostro.

Quiero morir. Ya. Veinte segundos. Veinte putos siglos. Veinte segundos desde la última apuesta. Desde que mi dolor de cabeza se hizo insoportable. Desde que mis helados dedos apenas podían sostener las cinco cartas de esa baraja tan especial. Desde que vi su sonrisa por primera vez. Desde que se quitó sus oscuras gafas por primera vez en mi presencia. Desde que vi que no tenía ojos, sino dos grandes agujeros negros, con una luz rojo intenso en su interior.

¿Otro as? Otro as. El de las calaveras negras. Y con él se va mi alma. Que deja de ser mía, para precipitarse al centro de la mesa, y luego hacia sus agujeros negros.

Quiero morir. Ya. Tengo frío. Mucho frío. La oscuridad me rodea. La oscuridad me rodea. La oscuridad me rodea.

Nunca me acostumbraré. No sé cómo he llegado a esto. Estoy muerto de miedo…

Tu nombre

Tu nombre

 

Una noche. Anónima.

Una ciudad. Anónima.

Una mujer. Anónima.

Sus entregados ojos

no satisfacen la sed

que abrasa el oasis

de mi pupila.

Creo que sólo bebo de ti.

Unos ojos. Tu nombre.

Una fuente. Tu nombre.

 

Una hora. Anónima.

Una barra. Anónima.

Otra mujer. Anónima.

Su sensual y dulce voz

sólo encuentra un triste eco

en el vacío

de mi espíritu.

Creo que sólo te escucho a ti.

Una voz. Tu nombre.

Una melodía. Tu nombre.

 

Una tormenta. Anónima.

Una lluvia. Anónima.

Otra mujer. Anónima.

Sus descontrolados besos

mueren en el ocaso

moribundo y frío

de mis secos labios.

Creo que sólo te beso a ti.

Tus besos. Tu nombre.

Tu pasión. Tu nombre.

Travesía

Travesía

Érase una mañana como otra cualquiera, quizás un poco más gris de lo normal, quizás mi despertar fuera más agitado de lo normal, quizás… Quizás ni siquiera desperté, sino que seguí soñando. Quizás desde entonces no he cesado de soñar.

Aquella mañana soñé que el sol aún no había atravesado mi ventana, entrometiéndose como siempre curioso en mi habitación. Con la oscuridad omnipresente, soñé que mis sábanas estaban empapadas en sangre, sangre de un color rojo intenso. Y pensé que estaba sangrando, y me asusté, y me miré de arriba a abajo, y seguí asustado, y volví a mirar la sangre, y… Y mis cansados ojos decidieron por fin mirar hacia dentro, y abandonar la oscura habitación.

Dentro. Dentro estaba la herida. Entonces decidí viajar allí. Adentro.

Sin pensarlo más, me aprovisioné con un sombrero de copa, mi sonrisa irónica, un bastón, y una pincelada de melancolía, y rasgué mi pupila, sintiendo una fuerte oleada en el rostro de lágrimas contenidas. Las ardientes lágrimas me zarandeaban, pero ya estaba dentro. Dentro. Otra vez.

Me ahogaron varias veces recuerdos azules y ásperos, recuerdos del ayer y del mañana, recuerdos de mis cansados ojos y de mis cortados labios, recuerdos y recuerdos que me sumergieron al fondo del mar de lágrimas. Soñé que me dejaba arrastrar con una fiebre tan alta que me rendía, y que abrazaba con fuerza la rugosa mano de una dama muerte. ¿Muerte? Sí, yo creo que morí. Una vez más.

En un torbellino de mis castaños iris, algo me empujó inconsciente prácticamente a la superficie, hasta que aspiré una bocanada de una brisa mezcla de perfume parisino, y humo de mi cigarro. Fue entonces cuando me di cuenta que había abrazado a mi nombre. Mi nombre. Mi nombre labrado en madera de ciprés.

Bien sujeto a mi nombre, vagué sin rumbo bajo una indiferente tempestad histérica durante segundos que se hicieron horas, y horas que se hicieron siglos, siglos fríos y caóticos.  Y soñé que avistaba tierra, una playa, tierra, arena blanca, tierra, el lugar donde van a descansar las olas de lágrimas, orilla, el lugar donde reposan las almas, orilla, el descanso de mi alma, orilla…

Salpicándome aún algunas lágrimas la espalda, avancé pensativo sobre la arena, y escondí el rostro tras un dorado antifaz veneciano. Todavía me pregunto por qué he creído siempre que el alma de uno debe ser visitada a hurtadillas, sin llamar la atención, como para descubrirnos sin darnos cuenta. Y ya estaba allí. Dentro.

De repente, me eché al hombro mi pincelada de melancolía, y me armé de valor, golpeando tres veces en la magnífica puerta color cielo que se alzaba ante mí con aires de grandeza. Y grave, pero lentamente se abrió, y los sueños agolpados tras ella me derrumbaron, junto con mi sombrero de copa, mi sonrisa irónica, y mi bastón. ¿Mi nombre? Mi nombre se perdió entre sueño y sueño. ¿Mi pincelada de melancolía? Mi pincelada de melancolía la borraron los sueños.

Un sueño, y me zambullí hacia la puerta, otro sueño, y buceé con nubes que atrapaban mis tobillos, otro sueño, y me abrumó el fuerte olor a pasión de la sangre de mis sábanas, otro sueño, y por fin soñé. Y soñé…

Dentro. Dentro estaba la luna de mi alma, una luna llena brillante y oscura, un alma manchada de cicatrices. Dentro. Dentro soñé mis frías cicatrices azules del ayer y del mañana, y me mareé con su aroma aterciopelado. Dentro. Dentro lloví lágrimas de mi mar.

La herida. La herida. La herida. Faltaba una cicatriz. La herida. Falta una cicatriz con la huella perfumada de tu sonrisa. La herida. Un sueño. La herida. La sangre de mis sábanas manchando mi pecho bohemio. La herida. Dentro. Otro sueño. Las lágrimas. La herida. Mi sombrero de copa, ése que tan bien conoces. Mi playa. Dentro. Sangre. Una mañana. La herida, la herida bañada en lágrimas. La luna. Otro sueño. Tu luna. Dentro. Dentro de la mía…

Tarde alada

Es una tarde impregnada

de los cegadores soles

que sonrojan las pupilas,

y mecen el viejo pecho,

y de perfumadas brisas,

ayer de menta, hoy de azufre.

Arrastra su  vuelo un gorrión,

entre la orgullosa hilera

de castaños, los castaños

serenos de noche y día

de los sabios bulevares,

que guían al duende alado

allá donde las nubes

no engañan al cielo,

y el cielo sólo es

la muerte

o

la vida.

“Cuando las alas despiertan

de los rutinarios sueños,

la pesadilla es conocer

si se está vivo,…o muerto.”

Es una tarde sembrada

de caminos olvidados,

secos rostros anónimos,

y ansiosas luces de neón,

que envuelven las almas, almas

fieras y desafinadas.

Se posa impávido el gorrión

sobre el cetro de la pétrea

diosa del carro leonado,

y solicita permiso,

con un respeto exquisito,

para beber de sus fuentes,

una, fuente de sangre,

otra, fuente de agua,

sí, sangre y agua,

la muerte

o

la vida.

“Cuando las alas despiertan

de los rutinarios sueños,

la pesadilla es conocer

si se está vivo,…o muerto.”

Otra noche más sin ti

Otra noche más sin ti

Otra noche más sin ti.

Unos labios sobre los míos.

Entonces fue cuando mi sangre

ganó terreno al sueño y al alcohol.

Y pude volver a la realidad.

¿Realidad?

Y pude pensar:

Otra noche más sin ti.

Mis labios cerrados.

Mi cuerpo sentado sobre la cama.

De repente, me levanté

con la cabeza y el estómago reventados.

Y pude llegar al baño.

Y pude vomitar:

Otra noche más sin ti.

Una llamada sin respuesta

de una mujer anónima.

Mi vida, la acababa de vomitar.

Mas no pude vomitar mi puto corazón.

¿Corazón?

Mas no pude vomitarlo:

Otra noche más sin ti.

Mi dolor me ofreció un cigarro.

El humo no consiguió

hacer vacilar mi árida mirada.

Y pude de nuevo observarme.

Y pude verte de nuevo dentro de mí.

Y no pude más…:

Otra noche más sin ti.

 

 

Una carta del pasado

                                               Una carta del pasado

Oí mi nombre, y me di la vuelta. Falsa alarma. La soledad, y el viento turbio del bulevar que susurra entre la hilera de lánguidos sauces, me han vuelto a jugar una mala pasada. Yo sí que susurro tu nombre, pero estoy seguro de que no lo oyes. Tu nombre. Arrastro los pies sobre las tristes hojas que bañan mi camino, igual que tu nombre se arrastra dentro de mi alma vacía, únicamente dejando como recuerdo de su paso un eco que me sabe a pasado. ¿Pasado? El pasado es algo que se va sin despedirse, para no volver, pero tu nombre ayer golpeó mi puerta, hoy se cruzará conmigo en cualquier esquina, y mañana me enviará sus condolencias por carta.

Un caballo. Blanco, que me reconoce. Mi caballo. Le ajusto las bridas, mientras acaricio con orgullo su suave lomo. Vivo entre cartas. Cada mañana, cada nuevo amanecer, mi cartera rebosa de ilusiones y esperanzas que se esconden entre las letras que bañan las cartas que he de repartir. Ilusiones, me quedan pocas. Esperanzas, no tengo. Las perdí. Bueno, se perdieron. Se perdieron entre letras de tinta invisible, entre papeles en dramático blanco, entre tus cartas. Las que nunca recibiré. Las que nunca escribiste. Tu nombre. Los cascos de  mi caballo casi no golpean la hierba del prado que atravieso en dirección a la ciudad, sino que parecen volar con las alas de mi pasado. ¿Pasado? El pasado es algo que se va sin despedirse.

Tu nombre. El frío viento que azota mi inexpresivo rostro me lo repite al oído una y otra vez. En un largo y familiar susurro. Una y otra vez. Tu nombre. Me ajusto el sombrero de tres picos, sujetando con una mano las riendas de mi caballo. Blanco, que me reconoce. La ciudad. Se acerca. Me llama. Espera con ilusión mis cartas. Yo ya no espero. Esperé durante mucho tiempo. El amanecer a mis espaldas como cada mañana ofrece un nuevo sol que invita al optimismo de un nuevo día, y al funeral de una noche pasada compartida con velas y viejos amigos. Yo ya no espero. Primera entrega. Una anciana de ojos azules y sonrisa tranquila, muy tranquila, a las puertas de una grisácea posada en la que nunca he visto el letrero de completo.

Otra carta. Y otra. Otra dirección. Y otra. Un remite. Y otro… Otro día sin ninguna carta con mi dirección y tu remite…

Mi caballo resopla, mareado después de recorrer demasiadas calles, demasiadas esquinas, demasiados rostros anónimos que se cruzan, cansado después de escuchar sobre su blanco lomo demasiados lamentos, o demasiados eternos silencios. Tu casa. Tu casa. Tu nombre. Esa ventana del segundo piso cargada de flores en su alféizar, que parece tener todavía tu sonrisa asomada. Esa blanca valla sobre la que aún me parece estar esperándote, fumando nerviosamente de mi fiel pipa. Ese cielo que todavía parece ser de ese azul que tanto hemos adorado y compartido… Pero ya no espero que te asomes a esa ventana, ni que salgas a mi encuentro. Ya no espero volver el cielo de color azul. Simplemente, ya no espero. En un suspiro, dejo la correspondencia de tu familia en ese buzón de madera que se siente desnudo sin los poemas que te escribía, y salgo al galope calle abajo.

Oigo mi nombre, y me doy la vuelta. Falsa alarma. La soledad, y el viento turbio del bulevar que susurra entre la hilera de lánguidos sauces, me han vuelto a jugar una mala pasada. Yo sí que susurro tu nombre, pero estoy seguro de que no lo oyes. Tu nombre. Ese nombre que sólo susurro, porque temo oírlo con nitidez y recordarte demasiado. Ese nombre que se toma conmigo la última copa todas las noches, y que me saluda cada mañana desde los tristes ojos de mi caballo blanco. Ese nombre que escupe mi pluma una y otra vez sin misericordia, llenando papeles destinados a historias y poemas que nunca puedo llegar a escribir…

Un gran árbol que me mira, y me comprende. Una sabia y gruesa corteza con una cicatriz de epitafio. La cicatriz que encierra y acuna mi historia. Me descubro, y cuelgo mi sombrero sobre la silla de montar. Mi caballo agacha respetuosamente la cabeza, mientras mi mano acaricia la cicatriz. Un nombre, un corazón, y un borrón informe. Un nombre, el mío. Un corazón, desengañado y rendido. Un borrón, baúl de recuerdos que son nombres de mujeres olvidados al amanecer. Nombres olvidados que son lápida del tuyo. El primero que marqué con mi navaja. Y el último que marqué a la luz del sol.

El viento. La velocidad endiablada de mi caballo. El  viento. Golpeándome el rostro. Lágrimas. Hacía tanto que no lloraba… El viento. Tu nombre. Dejo caer la cartera. La velocidad endiablada de mi caballo. Las cartas que se pierden por detrás, unas cartas que nadie recibirá. Ya no espero. El viento. Que me roba mi viejo sombrero de tres picos. Lágrimas. Tu nombre. El acantilado. Lejos. Ahora cerca. El cielo. De nuevo azul. Tu nombre. El viento. El acantilado que me ofrece un abismo de sueños encontrados y un mar de olas de esperanzas sin nombre, anónimas, por fin. Ahora mucho más cerca. Los violentos latidos del corazón de mi caballo. El viento…

El aire… El vacío… La nada… O el todo… Yo ya no espero… Porque te he escuchado por fin…gritando mi nombre…

No puedo evitar sentirte

                        No puedo evitar sentirte

Los ojos abiertos.

El cielo azul.

Generoso. Acogedor.

Como tú.

Después de soñar

días de luz

y limpias miradas…

Después de abrazar

un descanso de azucenas

y habitaciones sin silencios…

Después de anochecerme,

y amanecerte…

Lo siento.

No puedo evitar

sentirte.

Los labios mojados.

El mar azul.

Entregado. Mágico.

Como tú.

Después de volar

sobre lágrimas secas

y purpúreos paseos…

Después de respirar

pinceladas de sangre

y soledades compartidas…

Después de anochecerme,

y amanecerte…

Lo siento.

No puedo evitar

sentirte.

La sonrisa encendida.

La llama azul.

Cálida. Profunda.

Como tú.

Después de caminar

lazos perfumados

y compases vagabundos…

Después de entregar

palabras lluviosas

y crepúsculos impacientes…

Después de anochecerme,

y amanecerte…

Lo siento.

No puedo evitar

sentirte.