Un as en la manga

Un as en la manga

 

¿Otro as?

El mismo pensamiento salta como un resorte en las cabezas ya despeinadas de sus compañeros de mesa. Le odian. Lo siente. Es un sentimiento tan fuerte que le abofetea, a pesar del humo asfixiante que ahoga la habitación, a pesar de la marea de alcohol que golpea con constantes oleadas su cabeza, a pesar del exceso de silencio que parecen desprender cada una de las cartas lanzadas en la última jugada.

¿Otro as?

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a su servicio. Casi veinte años llevando a rajatabla todas sus extrañas normas. Cada mañana le preparo, tal y como me señaló desde nuestro primer encuentro, unas hierbas que él mismo cultiva en su invernadero, y concierto con los círculos de juego más afamados de la ciudad la partida nocturna, que es todo un ritual. Por lo demás, máxima discreción, mucha y generosa paga, y las mínimas palabras a intercambiar. La limpieza y el orden de su mansión parecen no importarle mucho. Esto es algo que no me sorprende, porque no tiene ni amigos, ni familiares. Ni siquiera conocidos. Por lo menos, que yo conozca.

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a su servicio. Es ciego. Ciego… Y casi veinte años regresando en el coche de caballos cada noche, con otra victoria en el bolsillo. Sí, sobre todo en el bolsillo, porque sé que las apuestas son muy altas. Y nunca le he visto perder. Pienso en muchas ocasiones que debe ser el mejor jugador de póker que nunca haya visto el mundo. Lo pienso cuando limpio con sumo cuidado su baraja de cartas sin marcar. Una baraja que sus rivales revisan una y otra vez, sin ningún resultado. Una baraja especial, muy especial. Intacta y nueva como el primer día que la vi. Y con un palo de calaveras negras, en lugar del de corazones. Y con comodines que no presentan bufones, sino bestias inmundas. Yo pienso… No pienso nada. Ya saben, máxima discreción.

Nunca me acostumbraré. Casi veinte años a sus servicio. Debe ser mayor. Por lo menos tan mayor como yo… Y casi veinte años contemplando impresionado su rostro sin una sola arruga. El tiempo no pasa para él. La misma palidez del primer día. El  mismo plante estirado y orgulloso del primer día.

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Del todo a la nada. En casi veinte horas, he pasado de ser un fiel, discreto y bien pagado mayordomo, a estar sentado frente a él en una mesa circular. Con caballeros distinguidos a los lados. Y con su baraja. Esa maldita baraja impecable con el palo de calaveras negras. Sobre el tapete. Y entre mis manos de vez en cuando. Pero ahora ya no la limpio con sumo cuidado. Dios, no sé cómo he llegado a esto. Ahora, miro sus cartas entre mis manos frías, y las lanzo al centro de la mesa con ansiedad.

¿Otro as?

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Hace casi veinte horas, mientras preparaba su desayuno compuesto como siempre por esas malolientes hierbas, podía mirar de frente sus negras gafas de sol, sin sentir un estremecimiento por la espalda. Ahora, mientras las observo a través del espeso humo que nace de las gargantas nerviosas de sus rivales y de mí mismo, noto el sudor frío cubriendo mi cuerpo, y me maldigo.

No sé cómo he llegado a esto. En casi veinte horas. Tras veinte horas, su siempre rígido rostro se me presenta con una frialdad recién salida del infierno. Tengo miedo. Porque lo único en lo que no ha cambiado… Gana. Siempre gana. Todas las partidas. Como siempre ha hecho. Con un repóker de ases. Coronado por el familiar as de calaveras negras, y el comodín de la bestia inmunda.

Estoy muerto de miedo. Desde hace casi veinte minutos. Desde hace casi veinte minutos, soy el único que no ha abandonado la mesa. Aparte de él, claro. Claro, siempre gana. Todas las partidas. Como siempre lo ha hecho. El silencio es aún más irrespirable que el humo que llena el salón. Le odio. Lo siento. Dentro. Muy dentro. Nunca me acostumbraré.

Estoy muerto de miedo. Desde hace casi veinte minutos. Desde hace casi veinte minutos, he perdido mis últimos francos. Y mis últimas pertenencias. Y mi último puesto de trabajo. El de mayordomo. Del hombre que tengo al otro lado de la mesa. Justo frente a mí. Con sus oscuras gafas de sol, y su rígido y frío rostro.

Quiero morir. Ya. Veinte segundos. Veinte putos siglos. Veinte segundos desde la última apuesta. Desde que mi dolor de cabeza se hizo insoportable. Desde que mis helados dedos apenas podían sostener las cinco cartas de esa baraja tan especial. Desde que vi su sonrisa por primera vez. Desde que se quitó sus oscuras gafas por primera vez en mi presencia. Desde que vi que no tenía ojos, sino dos grandes agujeros negros, con una luz rojo intenso en su interior.

¿Otro as? Otro as. El de las calaveras negras. Y con él se va mi alma. Que deja de ser mía, para precipitarse al centro de la mesa, y luego hacia sus agujeros negros.

Quiero morir. Ya. Tengo frío. Mucho frío. La oscuridad me rodea. La oscuridad me rodea. La oscuridad me rodea.

Nunca me acostumbraré. No sé cómo he llegado a esto. Estoy muerto de miedo…

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