Travesía

Travesía

Érase una mañana como otra cualquiera, quizás un poco más gris de lo normal, quizás mi despertar fuera más agitado de lo normal, quizás… Quizás ni siquiera desperté, sino que seguí soñando. Quizás desde entonces no he cesado de soñar.

Aquella mañana soñé que el sol aún no había atravesado mi ventana, entrometiéndose como siempre curioso en mi habitación. Con la oscuridad omnipresente, soñé que mis sábanas estaban empapadas en sangre, sangre de un color rojo intenso. Y pensé que estaba sangrando, y me asusté, y me miré de arriba a abajo, y seguí asustado, y volví a mirar la sangre, y… Y mis cansados ojos decidieron por fin mirar hacia dentro, y abandonar la oscura habitación.

Dentro. Dentro estaba la herida. Entonces decidí viajar allí. Adentro.

Sin pensarlo más, me aprovisioné con un sombrero de copa, mi sonrisa irónica, un bastón, y una pincelada de melancolía, y rasgué mi pupila, sintiendo una fuerte oleada en el rostro de lágrimas contenidas. Las ardientes lágrimas me zarandeaban, pero ya estaba dentro. Dentro. Otra vez.

Me ahogaron varias veces recuerdos azules y ásperos, recuerdos del ayer y del mañana, recuerdos de mis cansados ojos y de mis cortados labios, recuerdos y recuerdos que me sumergieron al fondo del mar de lágrimas. Soñé que me dejaba arrastrar con una fiebre tan alta que me rendía, y que abrazaba con fuerza la rugosa mano de una dama muerte. ¿Muerte? Sí, yo creo que morí. Una vez más.

En un torbellino de mis castaños iris, algo me empujó inconsciente prácticamente a la superficie, hasta que aspiré una bocanada de una brisa mezcla de perfume parisino, y humo de mi cigarro. Fue entonces cuando me di cuenta que había abrazado a mi nombre. Mi nombre. Mi nombre labrado en madera de ciprés.

Bien sujeto a mi nombre, vagué sin rumbo bajo una indiferente tempestad histérica durante segundos que se hicieron horas, y horas que se hicieron siglos, siglos fríos y caóticos.  Y soñé que avistaba tierra, una playa, tierra, arena blanca, tierra, el lugar donde van a descansar las olas de lágrimas, orilla, el lugar donde reposan las almas, orilla, el descanso de mi alma, orilla…

Salpicándome aún algunas lágrimas la espalda, avancé pensativo sobre la arena, y escondí el rostro tras un dorado antifaz veneciano. Todavía me pregunto por qué he creído siempre que el alma de uno debe ser visitada a hurtadillas, sin llamar la atención, como para descubrirnos sin darnos cuenta. Y ya estaba allí. Dentro.

De repente, me eché al hombro mi pincelada de melancolía, y me armé de valor, golpeando tres veces en la magnífica puerta color cielo que se alzaba ante mí con aires de grandeza. Y grave, pero lentamente se abrió, y los sueños agolpados tras ella me derrumbaron, junto con mi sombrero de copa, mi sonrisa irónica, y mi bastón. ¿Mi nombre? Mi nombre se perdió entre sueño y sueño. ¿Mi pincelada de melancolía? Mi pincelada de melancolía la borraron los sueños.

Un sueño, y me zambullí hacia la puerta, otro sueño, y buceé con nubes que atrapaban mis tobillos, otro sueño, y me abrumó el fuerte olor a pasión de la sangre de mis sábanas, otro sueño, y por fin soñé. Y soñé…

Dentro. Dentro estaba la luna de mi alma, una luna llena brillante y oscura, un alma manchada de cicatrices. Dentro. Dentro soñé mis frías cicatrices azules del ayer y del mañana, y me mareé con su aroma aterciopelado. Dentro. Dentro lloví lágrimas de mi mar.

La herida. La herida. La herida. Faltaba una cicatriz. La herida. Falta una cicatriz con la huella perfumada de tu sonrisa. La herida. Un sueño. La herida. La sangre de mis sábanas manchando mi pecho bohemio. La herida. Dentro. Otro sueño. Las lágrimas. La herida. Mi sombrero de copa, ése que tan bien conoces. Mi playa. Dentro. Sangre. Una mañana. La herida, la herida bañada en lágrimas. La luna. Otro sueño. Tu luna. Dentro. Dentro de la mía…

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