Elegía gatuna

      Elegía gatuna

 

Al caballeroso y galante gato

de mi barrio, le fallaron las cuentas.

A su siempre desdeñada amante fiel,

la blanca luna,

regaló ayer su séptima vida,

pues olvidó, ¡ay, olvidó!

que las otras seis le fueron cobradas

en su otrora última cita con ELLA…

Descanse en paz.

 

La luna mirándole fijamente. Con esquizofrénica parsimonia se mesa los bigotes el oscuro gato. Hubo otro tiempo en que se extendía su orgulloso territorio a lo largo de toda una telaraña de tejados. La luna mirándole fijamente. Incansable sombra rondadora de las felinas más dulces de mi barrio, pesadilla de los deshollinadores que osaban aproximarse a alguna de sus marcadas chimeneas, chimeneas que con esmero acariciaba con su erguido lomo oscuro. Oscuro su lomo, oscuros sus ojos, oscuro su reino, oscura su vida. La luna mirándole fijamente. Sí, hubo otro tiempo en que no quedó ningún balcón virgen de su salterio impertinente, faltando el respeto a la noble corte de estrellas. En que se le asoció con Luzbel, al ser visto en varios alféizares a la vez. La luna mirándole fijamente. En el recuerdo tengo sus lánguidos y diabólicos maullidos que escuchaba con atención desde mi buhardilla. Y eso sí, nunca, nunca vi cascabel alguno colgado de su siempre soberbio cuello. La luna mirándole fijamente. En efecto, hubo otro tiempo, otro tiempo hasta ayer noche, noche fatídica, noche de ratas muertas y  buhardillas cerradas, noche de desengaño traicionero y de un adiós de condena.

La luna rogándole dulcemente. De repente, se abren con violencia los párpados del oscuro gato, al intuir algo fantástico: sobre la blanca pared de la luna, esculpida está la graciosa silueta de ELLA. Pelo erizado, músculos en tensión. Aliento entrecortado, ojos en blanco. Un interminable salto al vacío. Un salto hacia la silueta lunática. Un salto hacia la eternidad.

La luna llorándole amargamente.

 

Al caballeroso y galante gato

de mi barrio, le fallaron las cuentas.

A su siempre desdeñada amante fiel,

la blanca luna,

regaló ayer su séptima vida,

pues olvidó, ¡ay, olvidó!

que las otras seis le fueron cobradas

en su otrora última cita con ELLA…

Descanse en paz.

El pianista

                                                            El pianista

 

Do, re, la, mi.

Do, re, la, mi.

El piano susurraba melodías azules y negras, bañadas con un largo vaso de whiskey dulce y solo. Solo como Hamlet, cuyos inquietos y egoístas dedos cabalgaban nocturnos una y otra vez. Do, re, la, mi. Cada una de las notas, alargadas agónicamente hasta el extremo, dejaba entrelazar sus brazos con los remolinos que formaba el denso humo de su cigarro. Un cigarro que oscilaba como un péndulo entre sus sarcásticos labios, y era espectador de excepción de un sorprendente, pero no inesperado, epitafio. Do, re, la, mi.

Hamlet respiraba con dificultad, como siempre, e intentaba, como siempre, acompasar su respiración al ritmo de la música, fusionar los latidos de su quejumbroso corazón con los gemidos de su viejo amigo el piano. Do, re, la, mi.

¿Solo? Realmente no estaba solo. Allí estaba ella. Otra vez. Ella. Recostada. Otra vez. Sobre su viejo amigo el piano. Y su sonrisa. Esa sonrisa burlona que tantos quebraderos de cabeza le había dado, pero que tanto adoraba. De verdad que nunca había visto una sonrisa tan brillante y atractiva como esa. Esa sonrisa. Y esa mirada sólo pupila, pupila negra como el azabache, negra como la noche, porque sólo miraba de noche. Do, re, la ,mi. Esa mirada. Otra vez. La mirada de la señorita Soledad.

Subió el tono del nocturno, que se había estancado en un ritmo vacilante, y lo atacó con pasión febril, nublado por el hogareño alcohol, y el eterno humo de su eterno cigarro. Do, re, la, mi. La partitura lo contemplaba fascinada descansando sobre el atril. Siempre la misma. ¿Solo? Realmente no estaba solo. Siempre la misma partitura. Chopin. Un libreto abierto por la página treinta y tres. Abierto por la misma página desde hace ocho años. Hacía ocho años que ya no la necesitaba, y la abandonó. Allí mismo. Delante de él. Hamlet la miraba de reojo, y pensó que esa era su verdadera especialidad. El abandono. El abandono…

Do, re, la, mi. Una luz tenue que escupe una delgada e insulsa lámpara de pie. Un escenario vacío, oscuro, negro, sin vida, sin pasiones. Butacas desordenadas, mesas sin recoger, con vasos sucios y semi vacíos, y ceniceros llenos, con algunos cigarrillos aún humeantes. Un ambiente cargado, cargado todavía de lejanas risas femeninas, secretos susurrados al oído, y versos dieciochescos que se acuestan con las notas de un piano. El viejo amigo de Hamlet.

¡¡¡Ssshhhuuutt!!!

Un disparo. Seco. Brutal. Sólo uno. Un disparo. Do, re, la, mi. Mi, mi, mi, mi. La cabeza melancólica de un pianista cayó con estrépito, sin ritmo, sin ni siquiera un compás, sobre el desgastado teclado. Mi, mi, mi, mi. Una luz tenue, un escenario vacío, y una cuidada mano femenina acariciando con sensualidad el gatillo de un revólver que sonríe orgulloso, al haber descargado la furia de su pólvora. La pólvora que ya se mezclaba insultante con la sangre de un pianista. Mi, mi, mi, mi.

Mi, mi, mi, mi. El ambiente ya no está cargado, ha sido asesinado por un disparo. Seco. Brutal. Ya sólo se escucha un acorde, un acorde mantenido y estridente. Mi, mi, mi, mi. El histérico final del sorprendente pero no inesperado epitafio que el alma perdida de Hamlet firmó con sangre, la suya.

Se oye el estruendo de un revólver lanzado al pegajoso suelo con desesperada rabia, y los rápidos y orgullosos pasos de unos elegantes zapatos de tacón se confunden con el lúgubre y respetuoso eco de un acorde estridente. Mi, mi, mi, mi.  Los viejos y descoloridos cuadros impresionistas colgados en las oscuras paredes sólo recordarán perplejos dos fogonazos de aquella noche. Uno, el del disparo. Seco, Brutal. ¡¡¡Ssshhuuutt!!! Otro, el de unas pestañas larguísimas y rencorosas. Las pestañas de ella. Ella. La esperaba. La esperaba…, desde hacía muchas noches emborrachadas de sexo y locura.

Adiós a su encantadora respiración entrecortada, piensa la abandonada partitura, que vive en el número treinta y tres del libreto de Chopin, mientras llora amargamente su tinta, y se emborrona.

Adiós. Adiós al amante más fiel y adulador que jamás he tenido, piensa la refinada señorita Soledad, mientras deja suavemente el inerte cuerpo de un pianista sangrante sobre el pegajoso suelo. Y lo mira. Adiós. Y lo vuelve a mirar. Quiere recordarle. Aunque piensa que también a ella la ha abandonado al final. Adiós. Sin embargo, se levanta su estrecha falda, y guarda en su prieto muslo la deshilachada pajarita de Hamlet sujeta por una extraña liga roja. Adiós.

Y cuando el silencio se asoma con timidez desde el escenario, con ansia por abarcarlo todo, algo suena. Do, re, la, mi. Do, re, la, mi. Desconcertado, mira a su alrededor. Un cuerpo inerte. Butacas desordenadas. Cuadros impresionistas perplejos. Un revólver avergonzado. Do, re, la, mi. El silencio se asusta, y se esconde tras el telón. Desde allí, lo ve todo, y comprende. Observa absorto el piano, y comprende. Siente hasta la médula a aquellas teclas desgastadas tocando, y comprende…

Comprende que Hamlet no ha abandonado todo. Comprende que Hamlet ha muerto ya hace tiempo, antes incluso de que le dispararan. Porque el pianista ya era el piano. Y el piano era el pianista… Do, re, la, mi…

Do, re, la, mi…

El duelo

         El duelo

 

Niebla. El claro de un bosque.

El amanecer se asoma con timidez y respeto.

Una telaraña destila negro rocío.

Dos guantes desvergonzadamente blancos sobre la hierba.

Primer paso. Johann y Richard. Dos amigos. Antes.

Segundo paso. Enemigos enfrentados. Ahora.

Tercero. Ahora. Por amor.

Cuarto. El sudor congelado araña la piel.

Quinto paso. Dos vidas paralelas. Un destino maldito.

Sexto. Uno de los testigos tose secamente, haciendo pedazos el solemne silencio.

Séptimo paso. Johann. Un teniente de caballería que apenas puede mantenerse erguido.

Octavo. Richard. Un poeta de la rue de la Seine con la mente en blanco.

Noveno…paso.. Haciéndoles una reverencia, la niebla se aparta de su camino.

ci

mo.

Cara a cara. Dos amigos. Dos disparos.

Niebla. El claro de un bosque.

El amanecer se asoma con timidez y respeto.

Una telaraña destila negro rocío.

Dos guantes desvergonzadamente blancos sobre la hierba.

S

a

n

g

r

e

Mucha sangre. En el corazón de Johann.

Mucha sangre. En el corazón de Richard.

Ambos, de rodillas. Ambos, aún vivos.

El graznido de un cuervo se burla de las tablas.

La muerte perfuma deliciosamente el fuerte olor a pólvora.

Un testigo, y después el otro, cargan de nuevo las pistolas y… las colocan en dos manos amigas temblorosas.

Repentinamente, un relinchar de caballos invade el solemne silencio.

Repentinamente, un carruaje aleja la niebla.

Repentinamente, una mujer…

que desciende…

y mira…

y ríe…, y ríe…, y ríe…

De nuevo, dos disparos.

Dos miradas amigas que se vuelven a encontrar.

Dos miradas amigas que se regalan una sonrisa.

Repentinamente, una mujer…

que cae…

con dos disparos en el corazón…

y ya no ríe…

sólo sangra…

Johann y Richard se desploman.

Dos muertes más.

Dos enemigos enfrentados. Antes.

Dos amigos en la muerte. Ahora.

Amada amiga mía

Amada amiga mía:

 

Ayer no era un día soleado. Ayer estaba nublado… Créeme. No me acostumbro a tu ausencia.

Pero hoy el amanecer

me ha sonreído con tus ojos. Hoy el rey sol se ha postrado suplicante en los bulevares de la Castellana, y apartará

cualquier nube que le pueda privar de tu contemplación. Hoy siento celos de cada uno de sus rayos que se deleita acariciando

tu sedosa piel. Pero hoy también te he visto yo. Y te he contemplado. Y de nuevo la ilusión se presta a fumar conmigo un

cigarro, y de nuevo la vida me da la bienvenida frente a su portal. Mírame, y saltaré contigo al vacío de los sueños.

Mírame,

y desplegaré las doradas alas de la esperanza. Mírame, y te daré las gracias… Las gracias por ser tú…

 

Con un beso, y una sincera reverencia,

 

      Dandy Recaudador